Sucederá a un gran líder (Textos bíblicos: Dt 31 y 34; Jos 1)

Sucederá a un gran líder

Moisés lo había sido todo en la formación del pueblo de Israel: era el caudillo que había
capitaneado la salida de Egipto, el juez que había dirimido los pleitos de los israelitas entre sí, el
legislador que había transmitido la voluntad de Dios al pueblo, el guía que había llevado a Israel por
las diversas etapas a través del desierto, que había realizado numerosas señales y prodigios…
Sobre todo era el hombre de Dios por excelencia, el que hablaba con Dios cara a cara, como un
hombre con su amigo. Había sido el mediador gracias al cual había quedado sellada la alianza de
Yahveh con su pueblo. Y había sido el intercesor ante el Señor a favor de los israelitas cuando estos
pecaban…
Pero Moisés no era eterno. Realizaba su misión, llegaba al final de su vida. El propio Moisés
había elegido como sucesor suyo a Josué, a quien había instruido adecuadamente y había impuesto
las manos, transmitiéndole sus poderes. Sin duda, le consideraba el más idóneo para continuar
guiando al pueblo.
Sin embargo, la situación no era fácil. Quedaba en cierto sentido lo más difícil: introducir al
pueblo en la tierra prometida, ocupada por pueblos fuertes y belicosos. Y su propio pueblo no era en
absoluto dócil: si se había rebelado contra el propio Moisés, ¡cuánto más contra él! Josué debió
sentir vértigo ante la situación que se le avecinaba.
De hecho, Dios mismo interviene para alentarle: «Lo mismo que estuve con Moisés estaré
contigo; no te dejaré ni te abandonaré… Sé valiente y firme… No tengas miedo ni te acobardes,
porque Yahveh tu Dios estará contigo dondequiera que vayas».
Era comprensible que tuviera miedo. Sin embargo, es significativo que en las palabras de aliento
no se mencionan ni sus cualidades ni su preparación. Se le invita a vivir de la fe, a apoyarse en la
confianza. No debe sentirse seguro por las cualidades que posee ni acobardarse por aquellas de las
que carece. Se le transmite una única certeza: Dios estará con él como estuvo con Moisés. Ahí se
apoya la seguridad de conquistar para Israel la tierra prometida.
Únicamente se le impone una condición: Ser fiel a la Ley, es decir, a la voluntad de Dios, sin
apartarse un ápice de ella, ni a derecha ni a izquierda. Confiando en Dios y obedeciendo a su
Palabra todo irá bien.
Pienso que la experiencia de Josué es también la nuestra. No todos hemos de suceder a un gran
líder. Pero a todos nos llega –antes o después– el momento de asumir responsabilidades decisivas
en los diversos ámbitos de nuestra vida: la familia, el trabajo, la sociedad, la Iglesia…
Y podemos caer en el craso error de sentirnos muy capaces. Pero también en la tentación del
desaliento ante las dificultades objetivas o ante nuestras propias limitaciones.
En Josué encontramos la respuesta. Confianza absoluta en la presencia y la asistencia del Señor,
que nos encomienda tal misión. Desconfianza en nosotros mismos, ante una tarea que sobrepasa
ilimitadamente nuestras cualidades. Y compromiso decidido de vivir el encargo según la voluntad
de Dios, según sus enseñanzas y sus inspiraciones, que no faltarán porque Él es fiel. No se nos
ahorrarán las dificultades, como a Josué, pero en medio de ellas nos sentiremos sostenidos por el
Dios que camina con nosotros y va delante de nosotros abriendo camino…
(Textos bíblicos: Dt 31 y 34; Jos 1)

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