Profeta a pesar suyo (Texto bíblico: libro de Jeremías, especialmente capítulos 1, 7, 15, 20, 31)


Profeta a pesar suyo

Muchas veces he oído este comentario a propósito de jóvenes que seguían el camino del
sacerdocio o la vida consagrada: «Bueno, si le gusta…» Muchos ignoran que la vocación no es
iniciativa propia, sino de Dios, que irrumpe en la propia vida, y que a veces lo hace contrariando los
propios planes y apetencias.
Tal es el caso de Jeremías. Nacido hacia el año 645 a.C. en una aldea a unos 12 Km. al nordeste
de Jerusalén, recibió la vocación en una situación difícil: el pueblo había multiplicado sus
infidelidades y se abocaba a la ruina. El imperio babilónico surge en el horizonte y a Jeremías le
toca ir contracorriente: frente al optimismo irreal e ingenuo de los judíos, tiene que predicar que
Jerusalén será destruida.
Lo mismo las autoridades que el pueblo, los sacerdotes y los demás profetas, le acusan de
derrotista, de desmoralizar al pueblo. Sobre todo cuando predica la destrucción del templo de
Jerusalén –lugar sagrado para los judíos, y por tanto inviolable, apoyo de las falsas esperanzas del
pueblo–, y ello ¡a las puertas mismas del templo!
Nada fácil. Y menos para un hombre profundamente sensible como Jeremías. Como
consecuencia, le hacen el vacío y sufre el aislamiento más cruel; llega a ser perseguido y hasta
torturado…
Jeremías se queja al Dios que le ha llamado para realizar esta vocación tan a contrapelo: «Todos
me maldicen» (15,10); «he sido la irrisión cotidiana… pues cada vez que hablo es para clamar
“atropello”…» (20,7-8).
El Señor le manda no tomar mujer ni tener hijos: su vida sin descendencia se convierte en símbolo
de este pueblo infiel que por abandonar a su Esposo va a quedar estéril…
Y para colmo, él –que se había opuesto con todas sus fuerzas a la alianza con Egipto– acabará sus
días en ese país, conducido a la fuerza por un grupo de fanáticos que se habían trasladado allí tras
haber asesinado al gobernador establecido por los babilonios.
Jeremías se desahoga con el Dios que se le ha impuesto de manera tan abrupta: «Me sedujiste y
me dejé seducir, me forzarte y me pudiste» (20,7). Llora y se lamenta. El corazón le sangra. Llega a
maldecir el día en que nació (20,4). Siente incluso la tentación de renegar de esta vocación que
tanto sufrimiento le ha acarreado…
Pero no puede. Hay algo superior a sus gustos y a sus planes. Hay una fuerza incontenible a la que
no puede resistir: «Había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y
aunque yo trabajaba por ahogarlo no podía» (20,9).
El profeta sensible ha sido hecho fuerte por Dios mismo con la fuerza de su llamada. Ha sido
convertido «en plaza fuerte, en pilar de hierro, en muralla de bronce» (1,18). Y por eso, Jeremías
resiste.
Y cuando finalmente sus predicciones se cumplan y Jerusalén y su templo sean destruidos, la
gente entenderá que es profeta verdadero, porque su palabra –la Palabra de Dios a través de él– se
ha realizado.
No ha sido fácil. Pero todo ese sufrimiento le ha acrisolado. Jeremías ya no es un individuo más:
se ha convertido en la boca de Dios (15,19). Sus labios, purificados por el dolor, son los labios de
Yahveh, a través de los cuales ha hablado y seguirá hablando…
Y el hombre que sólo había profetizado ruina y destrucción, que había llamado sin cesar –y sin ser
escuchado– a la conversión y al cambio de corazón, el profeta que había denunciado y
desenmascarado las falsas esperanzas del pueblo… él mismo se convertirá –cuando todo esté
perdido y el desastre sea total– en el profeta de la esperanza…
En efecto, Jeremías anuncia –en uno de los textos más vigorosos y clarividentes del A.T.– una
nueva alianza (31,31ss): la que se realizará en Cristo mediante el don del Espíritu y de un corazón
nuevo.
Profeta a pesar suyo. Pero profeta verdadero. A diferencia de los falsos profetas que sólo
auguraban cosas halagüeñas. Ha sido alto el precio. Pero ha valido la pena. Jeremías se ha
convertido en boca de Dios para todos los pueblos y para los siglos venideros, hasta el fin del
mundo. También para nosotros…
(Texto bíblico: libro de Jeremías, especialmente capítulos 1, 7, 15, 20, 31)

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