La prueba del desarraigo (Texto bíblico: Génesis 12-25)

La prueba del desarraigo

Uno de los personajes más conocidos del A.T. es Abraham. También es de los más importantes. Y
de los más antiguos. Su vida de sitúa hacia el año 1800 a.C. aproximadamente.
Originario de Ur de los Caldeos, en Mesopotamia, en la fértil cuenca de los ríos Tigris y Eúfrates
(en el territorio del actual Iraq), su vida está marcada por sucesivos desplazamientos.
Su historia se abre, casi como «ex abrupto», con un mandato divino: «Sal de tu tierra, y de tu
patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré» (Gen 12,1).
Quizá era el suyo un clan seminómada, pues ya su padre Téraj había emigrado de Ur a Jarán en el
extremo opuesto del valle del Tigris y el Eúfrates. En todo caso, resulta llamativa esta invitación tan
radical a salir.
En efecto, ese salir suponía una auténtica expropiación. Abraham deja todo lo que ha constituido
su vida hasta ahora (su tierra, su patria, su familia, sus amigos...) y se pone en camino hacia lo
desconocido. Deja sus seguridades, el ambiente en que es querido y valorado, los lugares, personas
y costumbres que le son familiares... y emigra.
Abraham queda a la intemperie. Si en medio de su clan podía encontrar protección frente a
peligros y agresores, ahora queda a merced de la buena o mala voluntad de quien encuentre en su
camino. Por donde quiera que pase será un extranjero, un forastero, un extraño a quien se mirará
con distancias y con reservas.
¡Cuántos emigrantes a lo largo de los siglos han experimentado y continúan experimentando esto
mismo! El cambio externo de lugar es también un desarraigo. Se conmueven las raíces más hondas
de la propia persona. Como un árbol que fuera arrancado de raíz para ser transplantado a otra tierra,
a otro clima...
Y, sin embargo, Abraham nos muestra una faceta fundamental de todo ser humano: su condición
de peregrino. Está hecho para ir siempre adelante, sin instalarse. Cuando se instala, deja de crecer;
se anquilosa, se empobrece... se esteriliza.
Este desarraigo es en Abraham tanto más hondo cuanto que ignora el futuro. No sabe lo que le
espera, no tiene seguridades o garantías, no controla nada. Vive a la intemperie.
Y se añade, además, su edad avanzada. Aunque los 75 años que se nos dice tenía cuando salió de
Jarán sean en realidad menos, porque siguen un cómputo diverso, lo que parece cierto es que
Abraham no era precisamente un joven. Y sabemos que si en la juventud puede haber gusto por la
aventura, no suele ser así en absoluto en la edad madura.
«Sal de tu tierra». Esta invitación nos es dirigida constantemente a cada uno de nosotros. Somos
llamados a no conformarnos con lo ya logrado, a no anclarnos en lo conocido y experimentado, a
remar mar adentro. Conformarnos con lo que ya vivimos es negarnos a crecer. Y por eso –como a
Abraham– Dios de vez en cuando nos desestabiliza, para obligarnos a ir adelante.
Pero en cierto modo, el proceso de desarraigo nunca se completa del todo en la vida de una
persona. Abraham era de edad avanzada, y su mujer era estéril. Le dolía en lo más profundo del
corazón morir sin descendencia. Era como acabarse, pues los hijos eran el futuro del padre; la vida
del padre se prolongaba, se perpetuaba en ellos.
Milagrosamente, sin embargo, Sara llega a ser madre. Isaac es la «sonrisa de Dios» que alegra el
corazón de Abraham en su camino hacia la vejez y hacia la muerte. Ahora tiene futuro.
Y sin embargo... Dios le pide que le sacrifique su hijo. Sí, Isaac, el hijo querido, el que Dios
mismo le había prometido, el que había recibido como regalo gratuito de Dios en su ancianidad,
aquel en quien depositaba todas sus esperanzas e ilusiones...
No podemos imaginar lo que supuso para Abraham esta prueba. Se sintió morir. Pues Isaac era
todo: su presente y su futuro. Más aún: estaban en juego las promesas de Dios. Él estaba seguro que
Isaac era el cumplimiento de esas promesas: ¿cómo podía Dios desdecirse?
Sin embargo, Abraham acepta también este despojamiento. Ahora su desarraigo es completo. Ha
aceptado perderlo todo. Porque por encima de todo se fía de su Dios. Sabe que de ningún modo
puede fallarle. No sabe nada. No entiende. No puede explicarse cómo Dios cumplirá sus promesas.
Pero no duda. Y acepta este último desarraigo, el que más hondas raíces tiene en su corazón.
Abraham se encuentra totalmente desposeído. Aunque con dolor, ha aceptado desprenderse de
todo. Lo ha entregado todo. Y es libre. Libre para Dios. Libre para los proyectos grandes de Dios.
Ya no está encerrado en sus propios planes, por hermosos e interesantes que fueran. Ahora puede
volar, libre como el viento. Es libre para dejarse llevar... por encima de sí mismo.
Dios le reserva a su hijo. Quería su corazón, no su hijo. Quería su libertad. Le quería libre de sí
mismo, de sus miras y proyectos, de sus concepciones limitadas... Con el dolor del desarraigo
Abraham ha sido ensanchado. Su capacidad se ha hecho en cierto sentido ilimitada.
Gracias a los sucesivos despojamientos Abraham alcanza una fecundidad ilimitada. Ya no será
sólo padre de un pueblo a través de su hijo Isaac. Será padre de multitudes como las estrellas del
cielo y la arena de las playas marinas. De él nacerá el Mesías. Y se convertirá en padre de todos los
creyentes. Su fe será referencia y motivación a lo largo de los siglos y en todos los pueblos de la
tierra.
Al aceptar perderlo todo, Abraham ha ganado infinitamente más de lo que podía anhelar o desear.
Con su apertura ilimitada se ha convertido en cauce de vida para generaciones y generaciones. Su
desarraigo se ha convertido en fuente de bendición. Y todo en silencio, porque Abraham es hombre
de pocas palabras.
Sólo poseemos lo que aceptamos perder. Sólo tenemos vida y nos convertimos en fuente de vida
cuando aceptamos morir. Sólo en el desarraigo y en el desprendimiento hay fecundidad.
(Texto bíblico: Génesis 12-25)

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