Desde el fondo de la decepción (Texto bíblico: Lc 24,13-35)


Desde el fondo de la decepción

Uno se llamaba Cleofás; el otro, no sabemos. Pero conocemos perfectamente su estado de ánimo
después de los acontecimientos terribles de la pasión y muerte de Jesús (Lc 24,13-35).
Habían sido discípulos de Jesús. Habían sido testigos de su predicación, de las palabras increíbles
del rabí de Nazaret que hablaba con autoridad y no como los escribas (cfr. Mc 1,22). Habían sido
testigos de sus milagros. Nadie había hecho nunca nada semejante. Una y otra vez habían
experimentado el asombro ante este Jesús que «fue un profeta poderoso en obras y palabras delante
de Dios y de todo el pueblo».
Todo ello les había hecho forjarse ilusiones. En una situación tan dura como la que atravesaba el
pueblo de Israel bajo el yugo romano, seguramente había surgido por fin el liberador. Como había
ocurrido antaño cuando la opresión de los israelitas en Egipto, Dios había vuelto a suscitar el
hombre con el que sacudirse al opresor injusto: «Nosotros esperábamos que sería él el que iba a
librar a Israel».
«Esperábamos...» No hace falta esforzarse mucho para percibir en estas palabras una enorme
amargura y una profunda decepción. Había unas expectativas muy concretas que han quedado
defraudadas. Estos dos hombres –quizá jóvenes llenos de ilusión por un futuro mejor– han quedado
hondamente desilusionados... Se sienten decepcionados por el rabí de Nazaret en quien habían
puesto todas sus esperanzas.
En efecto, Jesús no ha sido el libertador que ellos esperaban: «Nuestros sumos sacerdotes y
magistrados le condenaron a muerte y le crucificaron». El contraste entre sus expectativas y el
resultado ha sido demasiado brusco: «llevamos ya tres días desde que esto pasó».
La decepción y la amargura son tan profundas que la noticia del sepulcro vacío y de la aparición
de los ángeles les resulta imposible de creer. Para ellos la muerte de Jesús es irreversible: «pero a él
no le vieron».
Por eso regresan a su pueblo y a sus ocupaciones. Quizá un día habían dejado sus cosas y tareas
para seguir a Jesús, entusiasmados con Él. Hoy sólo existe el desencanto. Por eso vuelven a lo de
antes. Ya no esperan nada. Piensan que no vale la pena volver a ilusionarse. Están de vuelta...
La experiencia de los de Emaús es quizá también la nuestra. Nos sentimos decepcionados por la
Iglesia, que nos parece que no está a la altura debida. Nos ha defraudado tal grupo o comunidad o
tal sacerdote en quien confiábamos. Hay quien siente incluso que le ha fallado el mismo Dios,
porque parece que sus hermosas promesas no se cumplen...
A veces hay quien ha experimentado la decepción porque le falló su mejor amigo, o su marido, o
su mujer... y ya no se fía de nadie. No quiere por nada en el mundo que le vuelvan a herir. No está
dispuesto a sufrir de nuevo el mazazo de la frustración.
La decepción es una de las experiencias más duras del ser humano, porque corre el riesgo de
destruir algo de lo más grande que hay en él: la esperanza. Y es tanto más dolorosa cuanto más
esperábamos o cuanto más importante y sagrado es aquel en quien esperábamos; sobre todo si nos
sentimos decepcionados por un sacerdote, o por la Iglesia, o por Dios mismo...
Sin embargo, si nos fijamos con atención, Cleofás y su compañero se sienten decepcionados
porque han fallado sus expectativas. Las suyas. Jesús no les ha fallado: está vivo y camina con ellos
mientras ellos siguen encerrados en su tristeza. Es su mismo abatimiento el que les impide
reconocer que todo tenía un sentido.
Jesús mismo tiene que sacudirles para despertar sus mentes embotadas por la desesperanza: «¡Oh
insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el
Mesías padeciera eso y entrara así en su gloria?»
«Era necesario que Cristo padeciera». Lo que constituía el motivo de su decepción concuerda, sin
embargo, con los planes del Padre; más aún, es causa de gloria para Cristo y de salvación para
ellos... Sus corazones, gélidos por la decepción, empiezan a calentarse. Dirán después: «¿No ardía
nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino...?»
La decepción se supera cuando dejamos que Cristo nos explique las Escrituras mientras
recorremos el camino de nuestra vida. Sí, aquel sufrimiento era «necesario», es decir, formaba parte
de los planes del Padre para mi bien. «Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus justos
mandamientos», había exclamado el Salmista (Sal 119,71). Aquella situación negativa tenía
sentido...
El secreto está en no encerrarnos en nuestra lógica a ras de tierra y en dejarnos levantar a otra
lógica superior. Varios siglos antes de Cristo, Isaías había proclamado de parte de Dios: «Mis
pensamientos no son vuestros pensamientos, mis caminos no son vuestros caminos. Como se
levanta el cielo sobre la tierra, así mis caminos son más altos que los vuestros, mis pensamientos
que vuestros pensamientos» (Is 55,8-9).
Lo que constituía motivo de decepción para los de Emaús va a acabar constituyendo motivo de
gloria y de salvación para ellos mismos. De hecho, Pablo exclamará: «¡Dios me libre de gloriarme
si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!» (Gal 6,14), porque la cruz es «fuerza de Dios y
sabiduría de Dios» (1Cor 1,24).
No, Dios no falla nunca. Fallan nuestras expectativas, fracasan nuestros planes, quedan
defraudadas nuestras ilusiones. Pero Dios no falla. Ninguna de sus promesas deja de cumplirse (Jos
21,45; 23,14). Por eso, «la esperanza no defrauda» (Rom 5,5). «Los que esperan en el Señor no
quedan defraudados» (Sal 25,3).
De hecho, los de Emaús comprueban que Jesús, lejos de fallarles, ha colmado de manera
insospechada sus expectativas. Pero, eso sí, de otro modo muy distinto al que ellos esperaban. Por
eso, a pesar de lo tardío de la hora y del cansancio del camino de ida, emprenden inmediatamente el
camino de regreso a Jerusalén para hacer partícipes a los demás de su gozo.
En cierto modo es inevitable que surjan decepciones en nuestra vida. El secreto está en que no nos
encerremos en la amargura que ellas producen. Si dejamos a Jesús Resucitado caminar con
nosotros, Él mimo nos explicará las Escrituras, hará arder nuestro corazón y sanará la herida de la
decepción. Entenderemos que «era necesario», que «tenía sentido», que «los planes de Dios no eran
los nuestros»... Entonces sentiremos que la esperanza brota de nuevo en nosotros y nos inunda la
alegría. Y correremos a hacer partícipes de ella a los demás...
(Texto bíblico: Lc 24,13-35)

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