Cuando el creyente se queda solo (Texto bíblico: 1 Reyes 17-22; 2 Reyes 1-2)


Cuando el creyente se queda solo

En el siglo IX a.C. los israelitas se habían dejado llevar masivamente por el culto a los baales.
Frente al Dios de Israel –invisible, trascendente– era muy fácil ceder al culto de los cananeos: su
dios Baal garantizaba la lluvia y la fertilidad del suelo, y por tanto la cosechas. La tentación de
aceptar un dios a su alcance, fácilmente manipulable mediante ciertos ritos, era fuerte. Porque el
Dios de Israel, soberano y majestuoso, no se dejaba manejar en absoluto.
El culto a Baal era además propiciado por el poder político. Ajab, el rey de Israel, casado con
Jezabel –una siro-fenicia–, propició la existencia de baales y astartés. La inmensa mayoría del
pueblo, si no abandonó del todo la fe en Yahveh, sí al menos aceptó un sincretismo: intentó
combinar el culto a Yahveh con el de Baal, que parecía asegurarles la fertilidad de sus campos.
En este contexto surge un hombre que no tolera ambigüedades y quiere defender a toda costa la
pureza de la fe: Elías. Su mismo nombre –literalmente Eliyahu– es una declaración de guerra: «Mi
Dios es Yahveh».
Pero no se conformó con las palabras. Pasó a los hechos. Y retó al pueblo que de debatía en esta
ambigüedad: «¿Hasta cuándo vais a estar cojeando con los dos pies? Si Yahveh es Dios, seguidle; si
Baal, seguid a Baal» (18,21). La interpelación era clara y tajante: no se puede jugar a dos cartas.
Estaba en juego la verdad, y por tanto el bien del pueblo. Si seguían a un Dios falso, eso significaba
vivir en la mentira y acabar en el fracaso. Estas palabras parecen anticipar las de Jesús: «No podéis
servir a dos señores… No podéis servir a Dios y la Dinero» (Mt 6,24).
El pueblo no respondió nada. Sabían que Elías tenía razón. Pero estaban demasiado
comprometidos con los baales, que les proporcionaban cierta seguridad…
Elías había quedado solo frente a los 450 profetas de Baal. Y realizó una propuesta audaz: ofrecer
sendos sacrificios a los respectivos dioses, y el que hiciera bajar fuego del cielo sobre la ofrenda
demostraría ser el verdadero Dios.
Elías estaba solo, pero le sostenía una fe inquebrantable en el Dios de Israel. Por eso se dirigió a
Él suplicándole que actuase con hechos: «Yahveh, que se sepa hoy que tú eres Dios… respóndeme,
y que todo este pueblo sepa que tú eres Dios que conviertes los corazones» (18,36-37).
Y Dios respondió. Y actuó una vez más, como ya lo había hecho tantas veces en la historia del
pueblo. Y mostró con su actuación su realidad, su presencia, su poder.
Pero a Elías le tocó huir: se había opuesto a la reina. Y ésta juró que exterminaría a aquel hombre
que osaba interponerse a su autoridad. Más aún cuando Elías denuncia al rey su abuso de poder al
llegar a mandar –siempre bajo el consejo de su esposa Jezabel– que fuera asesinado un hombre del
pueblo –Nabot– para quedarse con la viña que se le había negado a venderle (c.21).
Elías es perseguido a muerte y tiene que ocultarse y huir. Llega a experimentar el cansancio y el
desaliento, llega incluso a desearse la muerte… Pero el Dios que se ha mostrado vivo y verdadero le
sostiene y le cuida. Y en la intimidad de Horeb reanima sus fuerzas, reaviva su fe, le inunda de
fortaleza y le capacita para seguir llevando adelante la misión confiada.
Cuando el creyente se queda solo es el momento de la prueba. Pero también es el momento de la
fe que mueve montañas (Mt 17,20). Es el momento de la confianza que posibilita que Dios
demuestre con los hechos que es real y verdadero (frente a los falsos dioses que el hombre, hoy
como ayer, se construye). Es el momento de la fortaleza ante la persecución, incluso arriesgando la
propia vida. Y, sobre todo, es el momento en que Dios actúa, realizando prodigios y maravillas, y
llevando adelante su plan de salvación…
(Texto bíblico: 1 Reyes 17-22; 2 Reyes 1-2)

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